“Q, estamos valiendo verga,” dijo el Comandante Pingüino Vergooch, con sangre en su rostro y la muerte ardiendo en su único ojo. El mismo ojo que le quedaba desde aquel día en que destrozó al amante de su hembra, perdiendo el otro en honor y furia.
Él, ya roto, había jurado matarse en la cruel frialdad de la montaña. Pero entonces se le atravesó Q — loco con cora, cerveza en mano y desmadre en la mirada. No traía salvación ni consuelo. Traía pólvora, carcajadas y la promesa de un último desvergue.
“¿Qué quieres hacer? ¿Nos damos a la fuga o morimos en la raya? Tú di, carnal. Aquí estoy, listo para el desvergue.”
Q encendió un cigarro que sabía no le iba a saciar, pero lo hizo de todas formas. El humo era amargo, casi inútil, pero servía como ritual antes del caos.
—Chavo, no te voy a mentir —murmuró—. Soy la mera verga salsera. Aquí se acaba esta madre. Deja saco la pinche mamalona… esa wey no perdona, carna. No quería, pero es la última opción.
El silencio se quebró con un rugido metálico. Q giró la llave, y del almacén brotó un bramido como si el infierno hubiera encendido sus pulmones.
La mamalona abrió los ojos — faros encendidos como bestias hambrientas. No era una máquina, era una fiera encadenada demasiado tiempo. Educada en sangre, nacida en gasolina. Cuando no pudo con Q, se rindió. Se hizo sumisa. Y lo amó con todo su ser.
El Comandante Pingüino Vergooch, con parche en el ojo y el ala firme sobre el fusil, sonrió por primera vez desde la montaña.
—Chingada madre… pensé que estabas loco, Q. Pero no… eres peor.
Se escuchaba el rugido por las veredas, un eco de acero y muerte que se metía en los huesos. Todos los enemigos sintieron el frío del olvido, ese presentimiento amargo de que iban a morir por nada.
Un corrido tronó en la distancia: “Me estaba echando un perico…” La melodía se mezclaba con el bramido del motor, como si la música misma celebrara la carnicería.
Y entonces apareció.
La mamalona rugiendo por las montañas, faros encendidos como ojos de fiera. Cada grito agudo de los que fueron destrozados ante ella se perdía en la noche, un coro de almas quebradas bajo las llantas de la bestia.
Y aunque Q subiera el volumen del corrido, el escalofrío de cada alma en ruina lo amenazaba. El ruido no podía tapar los lamentos, ni el eco de las vidas quebradas que la mamalona iba dejando tras de sí.
No había otra opción, pensó, cuando su corazón se hundía en la oscuridad.
El motor rugía, la sangre marcaba senderos en la tierra, y cada grito era un recordatorio: ya no existía regreso, ni perdón. Sólo el camino al olvido, pavimentado por el acero y la voluntad de un hombre que eligió ser la tormenta.
Una lágrima lo atravesó al ver que su carnal del alma arrollaba con las multitudes de enemigos. Q no lloraba por miedo ni por dolor — lloraba porque entendía.
El destino había escogido a Pingüino Vergooch no como víctima, sino como verdugo. Y verlo lanzarse contra la marea de cuerpos era como presenciar a un dios olvidado reclamar su altar.
El rugido del motor se mezclaba con los gritos. La mamalona temblaba como un animal poseído, y cada vida que caía bajo sus llantas se sumaba al peso de esa lágrima.
Porque en ese instante, Q supo: las leyendas no nacen del triunfo. Nacen del sacrificio.
Esa noche no murieron como hombres.
Esa noche se convirtieron en leyenda.

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